ARA "Alférez Sobral".

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Atacado mientras cumplía con la misión de rescatar a dos aviadores de la Fuerza Aérea que habían sido derribados, la tripulación del ARA “Alférez Sobral” realizó una verdadera proeza para arribar al continente.

 

El sábado 1 de mayo por la tarde, un avión Canberra de la Fuerza Aérea Argentina fue derribado a unas 100 millas náuticas (185 km) al norte del Estrecho de San Carlos. Por encontrarse operando en cercanías, el aviso ARA “Alférez Sobral” recibió la orden de buscar y rescatar a los dos tripulantes sobrevivientes. El pequeño titán de la Armada no sabía entonces que se acercaba su bautismo de fuego en la Guerra de Malvinas.

Fue durante la fría madrugada del 3 de mayo cuando sus 49 tripulantes antepusieron a sus nombres la palabra “héroe”. Ocho de ellos, incluido el Comandante, murieron en defensa de la Patria. El resto escribió páginas de honor, tenacidad y coraje asumiendo el control de lo que quedaba del buque y regresando a puerto.

Habían pasado sólo 30 minutos de iniciado el 3 de mayo cuando el “Sobral” fue detectado por unidades navales enemigas que enviaron un helicóptero a verificar su posición. Cuando el primero sobrevoló la unidad, el Comandante del buque, Capitán de Corbeta Sergio Raúl Gómez Roca, ordenó cubrir puestos de combate. El ataque era tan inminente como inevitable. Cuando la segunda aeronave apareció, la tripulación argentina abrió fuego con su cañón de 40 mm y ametralladoras de 20 mm, pero dadas las condiciones del mar y la escasa visibilidad, sólo lograron alejar momentáneamente a los helicópteros, que en segundos regresaron para atacarlo con misiles aire-superficie Sea-Skua.

Un misil impactó en la lancha del buque, repartiendo esquirlas e hiriendo a varios tripulantes, mientras que otro pasó por encima del “Sobral”, que respondía el ataque con fuego de artillería.

El Capitán Gómez Roca pidió un informe de daños y de los heridos, que ya eran tratados por el médico y enfermero de a bordo. Observó también que el enemigo podría lanzar sus misiles fuera del alcance de las armas del aviso, tornándolas ineficaces, por lo que, priorizando la seguridad del personal a sus órdenes, ordenó desalojar las cubiertas superiores y la superestructura.

Solo él y los hombres indispensables permanecerían en el puente de comando y el cuarto de radio. Esta difícil decisión, adoptada en el momento de mayor tensión e incertidumbre, significaría la preservación de la vida de muchos de sus hombres, pero también su propia muerte en acción.

“Al finalizar una rápida inspección del buque, y cuando me dirigía hacia el puente para informar el resultado de la misma, el enemigo volvió a atacar. Un misil destruyó por completo el puente, al igual que el cuarto de radio que se hallaba directamente debajo. El palo de proa cayó y las innumerables esquirlas provocaron averías en toda la parte superior y media del buque, que se estremeció como si hubiera sido golpeado por una mano gigantesca. El sector de proa se llenó de humo y el penetrante olor de la explosión invadió los compartimentos, aumentando la ansiedad general. Ansioso por conocer la magnitud de lo ocurrido subí hacia el puente, encontrando un verdadero desastre: estaba totalmente arrasado, hierros al rojo vivo y un incendio que cobraba fuerza. El Comandante y los que allí se encontraban habían muerto”, rememoró en una oportunidad el Capitán de Navío (RE) Sergio Bazán, Segundo Comandante de la unidad. Eran las 1:20 de la madrugada del 3 de mayo.

A partir de ese momento, el entonces Teniente de Navío Bazán, herido en una pierna por una esquirla, debió asumir el comando de un buque con el timón averiado; el puente con todo el instrumental y elementos de navegación destruidos; la radio en ruinas; un incendio a bordo; ocho muertos (incluido el Comandante) y ocho heridos, personal con contusiones y heridas menores y la perspectiva de recibir nuevos ataques. Sólo sobrevivirían si lograban llegar al continente por lo que, a partir de entonces, una vez controlado el incendio y reparado precariamente el sistema de timón, se organizó el regreso.

“Durante todo el día 3 se navegó esperando el ataque que dábamos por descontado y que finalmente no se concretó. Excepto los vigías, apostados al efecto, todo el personal permaneció bajo cubierta ya que no quedaban armas en condiciones de uso”, destacó el Capitán Bazán. Con la ayuda de brújulas terrestres del equipo de desembarco, que no sirven de mucho a bordo por el magnetismo del buque, y con una “rosa” rescatada de un compás magnético destruido lograron una idea aproximada del rumbo.

En el interior del buque el estado era realmente precario: en proa, la energía había sido cortada y todo estaba mojado como consecuencia del agua arrojada para combatir el incendio.

Al día siguiente, con una radio portátil escucharon la noticia que informaba que el “Sobral” había sido hundido por fuerzas inglesas. Dolió pensar el efecto que causaría en los familiares que esperaban en tierra. También escucharon del rescate de los sobrevivientes del Belgrano y eufóricos festejaron el hundimiento del “Sheffield” por la Aviación Naval. Les volvió la esperanza cuando una radio de Río Gallegos, en los habituales mensajes que se transmiten para apoyo a la comunidad en la Patagonia, incluyó uno que decía: “Para el señor Gómez Roca, va gente a buscarlo a la estación”. Los estaban buscando.

Tras dos días de resistir los embates de la guerra y la hostilidad del clima austral, un helicóptero de la Fuerza Aérea Argentina los sobrevoló, retiró al herido más grave y los guió hacia el buque de desembarco de tanques ARA “Cabo San Antonio”. Junto a él estaba el destructor ARA “Comodoro Py” y un guardacostas de la Prefectura Naval que lo remolcó hacia Puerto Deseado, donde lograron atracar la noche del 5 de mayo. El recibimiento de la gente y de los camaradas de las Fuerzas Armadas abrigó los corazones de los sobrevivientes.

En los días siguientes alistaron lo mejor posible al “Sobral” para ser remolcado. Luego de una sentida despedida de los marinos muertos en acción, el 20 de mayo zarparon hacia la Base Naval Puerto Belgrano, arribando allí tres días después.

Una vez en el Arsenal Naval Puerto Belgrano, su personal y la dotación reconstruyeron su puente de comando. El buque, que había recibido su nombre en homenaje al primer marino argentino que invernó en la Antártida, pudo seguir navegando por más de tres décadas.

El desempeño del comandante y la tripulación del aviso “Sobral” es una muestra del valor, disciplina y profesionalismo que caracterizan a los miembros de la Armada Argentina. En combate ofrendaron su vida heroicamente por la Patria, además del Comandante, el Guardiamarina Claudio Olivieri, el Cabo Principal Mario Alancay, los Cabos Segundos Daniel Tonina, Sergio Medina y Ernesto del Monte, el Marinero Héctor Dufrenchou y el Conscripto Roberto D’Errico.

Gracias a ellos y a los camaradas que lo trajeron de vuelta, el aviso ARA “Alférez Sobral” pudo ser reconstruido y continuó prestando servicio a la Armada Argentina en el Atlántico Sur.

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