Falleció el martes 24 de febrero a causa de un infarto, tenía 45 años y estaba al mando de la empresa Interisleña
La muerte de Cristian Ramaro, ocurrida la semana pasada a los 45 años, dejó una huella profunda en el corazón del Delta del Paraná. No se trató solo de la pérdida de un empresario joven, sino de la despedida de una figura íntimamente ligada a la vida cotidiana de miles de familias isleñas que, día tras día, dependen del río como único camino posible.
Cristian Ramaro fue presidente de Interisleña S.A., una de las empresas más emblemáticas del transporte fluvial del Delta. Bajo su conducción, la compañía sostuvo un servicio esencial: las lanchas colectivas que conectan a los habitantes de las islas con Tigre y el continente, garantizando el acceso a la educación, la salud, el trabajo y el abastecimiento. En un territorio donde no existen caminos terrestres, esa conexión diaria es mucho más que transporte: es inclusión, presencia del Estado y continuidad de la vida comunitaria.
La historia de Interisleña está profundamente entrelazada con la de la familia Ramaro. Mucho antes de que Cristian asumiera la conducción, su padre, Víctor Ramaro, ya había dejado una marca indeleble en el río, construyendo una empresa que entendió desde sus orígenes que el servicio fluvial no es solo una actividad comercial, sino una responsabilidad social. Tras la muerte de su padre, Cristian tomó la posta con convicción, manteniendo ese espíritu y enfrentando un escenario cada vez más complejo, atravesado por crisis económicas, aumentos de costos y exigencias operativas propias de un entorno tan desafiante como el Delta.

A lo largo de los años, Interisleña se consolidó como una columna vertebral de la vida isleña. Sus lanchas transportaron generaciones de alumnos, docentes, enfermeros, comerciantes y familias enteras, acompañando rutinas, urgencias y celebraciones. En silencio y con regularidad, el servicio sostuvo esa conexión vital entre las islas y el continente, aun en los momentos más difíciles.
La vida de Cristian Ramaro también estuvo marcada por episodios que conmovieron a la comunidad, como el secuestro que sufrió en 2004, cuando apenas tenía 23 años. Aquel hecho dejó una cicatriz profunda, pero no quebró su vínculo con el río ni su compromiso con la empresa familiar y con quienes dependían de ella.
Hoy, el Delta despide a uno de sus protagonistas. El legado de la familia Ramaro perdura en cada muelle, en cada lancha colectiva y en cada cruce diario que sigue uniendo a las islas con el continente. Más allá de los nombres, queda una historia de servicio, arraigo y responsabilidad que forma parte inseparable de la identidad del Delta del Paraná.




